Alguien llegó desde una publicación que le gustó. Tiene una pregunta que dura unos dos segundos: ¿esta cuenta es para mí? Una bio hecha de adjetivos responde una pregunta que nadie hizo.
Tres cosas que merecen ese espacio
- Qué haces, dicho con las palabras que usaría un desconocido y no con las de tu sector
- Para quién es, si acotarlo aporta algo de verdad
- Qué hacer después, si hay algo que hacer
Ahí termina la mayoría de las bios. El resto lo llena una lista de cargos, tres emojis y una palabra como «apasionado», y nada de eso distingue una cuenta de otra.
La primera línea se lee, el resto se ojea
Instagram muestra un par de líneas antes de cortar, y el campo del nombre entra en la búsqueda; el texto de la bio, no. De ahí un truco poco vistoso: lo que la gente busca —el oficio, la ciudad— va en el nombre, y la bio se gasta en una frase.
El enlace
Un enlace que la gente recuerda gana a un enlace que cambia cada semana. Si se mueve con cada publicación, nadie coge la costumbre de mirarlo, y el tráfico se va a quien fue previsible.
Lee tu bio como si nunca hubieras oído hablar de ti. Si podría estar en veinte cuentas más de tu sector sin cambiar una palabra, no es una bio: es una categoría.
